martes, 23 de octubre de 2012

Bocanadas de deseo, parte 4 de 8



Ankara

Mi Entrega, se hizo cómplice de sus Fantasías. 
 


Ya no escuchaba el latido expedito del corazón. 
El silencio anidaba en mi pecho cuando ÉL, decidió dejar de ofrecerme el dulce néctar de su boca. Cuando decidió romper el intenso vínculo que encadenaba concupiscente nuestro vicio. 
 


Como un tigre de Bengala, que lame sus heridas después de una encarnizada lucha a muerte por alzarse con el justo y meritorio liderazgo de la manada, ÉL, lamió con devoción mística, la huella húmeda y lúbrica que atestiguaba su beso sobre la línea curva de mis comisuras, sobre la elipse perfecta que dibujaba mi boca, sobre el cerco semiabierto que formaban mis labios. Su lengua, enjugó paciente el rastro traidor que su desazonado Deseo había dejado abandonado en mi rostro. 
 


La tibieza de aquellas caricias húmedas, su ritmo ralentizado, espoleaba las ansias de mis sentidos, y hostigaba la pretensión que enardecía mis sensaciones, por volver a tener su lengua entrelazada con la mía, por anudar nuevamente nuestra Pasión en un gesto carnal y libidinoso como lo había sido aquél. 
 


       - Quiero que lo digas.- me ordenó.- Deseo escucharlo.- dijo, rebajando el tono de voz, y tirando de nuevo hacia atrás de mi cabellera.
 


Su mirada se volvió desafiante, en una asonancia provocadora y turbulenta que me enredaba traviesa hasta hacerme enloquecer.
 


       - Desde hoy, Mi Señor…- inhalé el poco aire que me permitía la incómoda posición.- seré la esclava de su piel.
 


Sin soltar mi cabeza, la irguió, y enderezó mi cuello con un movimiento suave, -mostrando quizá, cierta condescendencia con mi dolor-, haciéndome abandonar la posición que me había obligado a mantener hasta ese mismo momento en que su ortodoxia parecía apiadarse de mí y, sin desclavar sus ojos de los míos, me besó levemente en los labios. Fue un beso dulce, tierno, fugaz. Con una intención sutil y etérea en la pequeñez del ademán. 
 


Cuando se acomodó a los pies de la cama y me guió erudito a adquirir una postura cómoda sobre sus rodillas, presumí que daría comienzo mi dulce castigo.
No me equivoqué en mi presunción. 
 


Mientras una de sus manos masajeaba, friccionaba, acariciaba y pellizcaba mis glúteos como prefacio a las penas que había de purgar, la otra, aferraba fuertemente mis muñecas, dejándolas prácticamente inmovilizadas, en perfecta disciplina, leales a su autoridad, insobornables a su dominio. 
 


El primero de los azotes cayó sobre mis nalgas, -expuestas a su capricho-, como una bendición en un rito de consagración de mi Entrega. El simple palmoteo estremeció mi cuerpo y el contacto de su mano, firme pero flexible, erizó el vello de cada perímetro sensibilizado de mi piel. Tras ese primer azote inaugural, novicio para mis nalgas y para mi Condición, se sucedieron otros, que persuadieron mi carne hasta pervertirla, enrojeciendo la palidez de mi dermis y tiñéndola de un tono carmesí, a juego con el sonrojo tintineante que aquella extraña sensación revelaba en mis mejillas. 
 


Hice de SU excitación la mía. Mientras su mano disciplinaba mi obediencia, su virilidad se enardecía, ganando volumen debajo del pantalón. Su exaltación carnal extorsionaba con cinismo mi vergüenza, exigiendo a mi cuerpo un mayor ofrecimiento de mis nalgas, a la enmienda que imponía la autoridad de sus azotes. 
 


Recuerdo fielmente el número de ellos con los que ÉL me honró aquella noche. Un número mágico. Una cifra emblemática, envuelta en el exorcismo que inviste a un Verdugo con alma de cuero.
Mi Entrega, fue leal a aquella suma alegórica que me reconocía únicamente como SU Pertenencia, como SU Propiedad, únicamente como Suya.

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